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Tuesday, May 12, 2026

Gorritas en llamas: Cuando las mayorias votan por respuestas fáciles

 

“La mayoría nunca tiene razón. ¡Nunca, les digo!”, tronaba el doctor Stockmann en Un enemigo del pueblo de Henrik Ibsen. “¿Quiénes forman la mayor parte de la población: los estudiosos o los ignorantes?”
Las mayorías (siempre circunstanciales) detestan esta frase por la misma razón que los pacientes detestan un diagnóstico difícil. Contiene una posibilidad incómoda: los electorados, como los individuos, pueden volverse emocionales, impulsivos, tribales, vengativos, irracionales… y catastróficamente equivocados.

La historia ofrece abundantes ejemplos. 
  • La multitud eligió a Barrabás antes que a Jesús. 
  • Atenas condenó a Sócrates. 
  • Argentina votó repetidamente por el populismo inflacionario mientras se preguntaba por qué su moneda se comportaba como yogur radiactivo. 
  • Gran Bretaña votó por el Brexit antes de descubrir que la soberanía no simplifica la logística aduanera. 
  • Estados Unidos oscila periódicamente entre una tecnocracia gerencial y un populismo teatral, con el entusiasmo de un péndulo alimentado por bebidas energéticas.
La gorra humeante simboliza las consecuencias de preferir respuestas emocionalmente satisfactorias a soluciones operacionalmente efectivas.
La promesa central del populismo es extraordinariamente seductora: los problemas complejos son en realidad simples, las élites ocultan soluciones obvias y solo la cobardía impide la restauración inmediata de la nación.
    • ¿Déficits comerciales? Aranceles.
    • ¿Crimen? Mano dura.
    • ¿Inflación? Codicia corporativa.
    • ¿Política exterior? Fuerza.
    • ¿Déficit fiscal? Despilfarro.
    • ¿Declive industrial? Traer fábricas de vuelta.
    • ¿Migración? Construir muros.
Cada problema estructural se reduce a un eslogan lo suficientemente breve como para caber en una gorra de béisbol.
La realidad, desafortunadamente, sigue siendo obstinadamente antipopulista.
Los aranceles suenan patrióticos hasta que reaparecen como precios más altos incrustados invisiblemente en las cadenas de suministro.

Las guerras comerciales se parecen a asedios medievales en los que ambos ejércitos incendian sus propias aldeas para demostrar su determinación. 
Los aplausos suelen disminuir cuando los consumidores descubren que el nacionalismo económico suele cargar primero la factura a los hogares.
Lo mismo ocurre con la improvisación geopolítica.

Cuestionar el reparto de costos de la OTAN era legítimo. Tratar públicamente las alianzas como suscripciones descartables mientras aumentaban simultáneamente las tensiones con Rusia, China e Irán equivalía, estratégicamente, a quitar remaches de un avión para reducir el peso. El ahorro es inmediato. El aterrizaje resulta considerablemente más memorable.
Los movimientos populistas suelen confundir la visibilidad con la efectividad. Los gestos dramáticos crean una sensación de acción aun cuando los sistemas subyacentes se deterioran silenciosamente. 
Los gobiernos anuncian victorias mientras los puertos se congestionan, la deuda se acumula, los sistemas energéticos se debilitan, los aliados recalculan riesgos y la confianza institucional se evapora molécula por molécula.
La paradoja es que el populismo suele surgir de agravios reales.

Muchos votantes de Trump no eran irracionales. Identificaron correctamente síntomas: desindustrialización, desconexión de las élites, arrogancia burocrática, fragmentación cultural, guerras interminables, declive de la confianza y la creciente sensación de que los ciudadanos comunes financiaban instituciones cada vez más indiferentes hacia ellos.

Su diagnóstico contenía verdad.
Para quien sufre el dolor de una pierna quebrada, la amputación es una solución definitiva que, sin anestesia, puede reclamarse a gritos. Si quien tiene la sierra es un carpintero, puede resultar muy efectivo.
La medicina populista se parece a inyectar whisky directamente en la red de agua pública.

Este patrón va mucho más allá de Estados Unidos. 
El populismo funciona como comida rápida : satisfacción inmediata hoy, diabetes para mañana. 

 Hoy la inflación es esa diabetes económica: y tal vez haya que amputar la dieta o los empleos.

La izquierda promete su propia versión. Los gobiernos gastan más allá de toda sustentabilidad, regulan la productividad hasta paralizarla y asumen que el señalamiento moral puede sustituir la competitividad económica. Luego, expresan sorpresa cuando el déficit crece, la inversión se desacelera y los sectores productivos migran silenciosamente a otros lugares.

La derecha ofrece simplificaciones parecidas. La grandeza nacional se confunde con la agresividad retórica. La complejidad económica se reduce a eslóganes patrióticos. La competitividad estructural es reemplazada por la nostalgia envuelta en banderas.

Ambas versiones prometen gratificación emocional sin costos operativos.
La realidad no funciona así.
Las civilizaciones sobreviven gracias a la competencia, no a la catarsis.
Estados Unidos se convirtió originalmente en una potencia porque combinó emprendimiento, estabilidad institucional, innovación científica, abundancia energética, inmigración de talento, mercados de capital profundos, credibilidad militar y continuidad constitucional durante generaciones. Ninguno de esos logros surgió de slogans. Surgieron de sistemas disciplinados capaces de acumular desempeño a lo largo del tiempo.

El próximo presidente estadounidense heredará (POTUS para los que lo cuidan) , por lo tanto, una tarea profundamente poco romántica: apagar incendios iniciados por años de gobernanza teatral proveniente de múltiples direcciones.
La agenda incluirá restaurar la disciplina fiscal sin destruir el crecimiento; reconstruir la capacidad industrial sin fantasías inflacionarias; estabilizar las alianzas mientras se enfrenta a China de manera realista; modernizar la infraestructura energética sin absolutismos ideológicos; y reducir la temperatura emocional de un país crecientemente adicto a la indignación permanente.
Nada de esto encaja bien con los cánticos de campaña.

Ese es precisamente el problema.

Las democracias recompensan cada vez más a los políticos emocionales, mientras que necesitan administradores operativos. Las elecciones seleccionan generadores de indignación; gobernar exige pensamiento sistémico. La política viral produce excelentes clips para redes sociales y, sorprendentemente, una planificación de infraestructura mediocre.
La gorra humeante captura el momento en que los votantes descubren que la ira es altamente combustible y extraordinariamente difícil de manejar sin quemarse.
Eventualmente la realidad siempre vuelve para cobrar la factura de la fantasía política.
  • Los mercados de bonos no se conmueven con los discursos de campaña. 
  • Las cadenas de suministro ignoran las pasiones tribales. Los sistemas energéticos permanecen indiferentes a los hashtags. 
  • La geopolítica castiga la improvisación con fría eficiencia matemática.
Y la historia repite silenciosamente su lección más antigua: las mayorías son perfectamente capaces de equivocarse de manera espectacular.

Especialmente cuando alguien promete salvación a precio de oferta.


La involución del presidente americano De Lincoln a la pared de la caverna

 


Algunas civilizaciones dejan catedrales, constituciones, sinfonías, universidades y viajes a la Luna. Otras dejan pinturas rupestres y gente que se grita entre sí, mientras usa pieles de animales y gorritas de béisbol con 4 letras. 

La historia, lamentablemente, no avanza en línea recta ascendente. A veces se parece a una montaña rusa. Últimamente a un tobogán involutivo. 

La vieja idea whig del progreso asumía que las instituciones evolucionan hacia arriba mediante la educación, la ciencia, el equilibrio constitucional y la responsabilidad cívica. Lincoln encarnaba esa aspiración: autodidacta, austero, intelectualmente disciplinado, obsesionado con preservar una república constitucional antes que inflamar pasiones tribales. Uno podía discrepar políticamente con él y aun así reconocer a un estadista que estudiaba Euclides a la luz de una vela y hablaba en frases en lugar de eslóganes.

Lincoln pertenecía a la especie Homo Republicus: el raro animal político capaz de sacrificar la popularidad para preservar las instituciones.

Luego comenzó la larga involución.

Lyndon Johnson representó la etapa transicional. Brillante, manipulador, gigantesco en el poder legislativo, todavía operaba bajo la idea de que el gobierno podía rediseñar la sociedad mediante la planificación y la expansión burocrática. La Gran Sociedad se parecía a uno de esos magníficos tractores soviéticos: gigantescos, costosos, impresionantes en los desfiles y cada vez más difíciles de detener una vez que comenzaban a aplastar el paisaje.

La tragedia de Johnson fue creer que la complejidad social podía resolverse mediante la hidráulica federal. La pobreza se convirtió en una industria permanente. La dependencia pasó a ser la arquitectura de las políticas públicas. El Estado gerencial creció como una hiedra sobre los muros constitucionales.

Luego llegó Nixon, que poseía inteligencia estratégica, pero la combinaba con la moralidad de un cliente de prostíbulo y la estabilidad emocional de sus borracheras nocturnas de whisky. Watergate no solo dañó la confianza en el gobierno. Transformó la política en Watergate. Después de Nixon, las campañas políticas y los gobiernos  adoptaron los métodos de Goebbels.

George W. Bush aceleró la transformación de la república en una pirámide de cortesanos intrigantes presidida por un ignoramus.

La política exterior adquirió la sutileza intelectual de una pelea de bar. Regiones geopolíticas enteras fueron tratadas como muebles de IKEA: invadir, ensamblar una democracia con instrucciones faltantes y luego sorprenderse cuando las piezas explotaban. La élite gerencial  hablaba en floridas elucubraciones rumsfeldianas de lo "conocido desconocido" y lo "desconocido conocido" mientras la ocupación de Irak y Afganistán alimentaba al Talibán y Pakistán hospedaba a Bin Laden.

Luego llegaron las redes sociales.

La civilización pasó siglos desarrollando la alfabetización, la moderación constitucional, la racionalidad científica, el debido proceso y el equilibrio institucional. Algunos emprendedores en Silicon Valley descubrieron que la gansa de los huevos de oro era una aplicación que permitía a personas emocionalmente inestables comunicarse de forma instantánea a escala planetaria.

El resultado era previsible.

La política dejó de ser persuasión y pasó a ser tribalismo algorítmico. La atención reemplazó al pensamiento. La indignación reemplazó al análisis. La identidad reemplazó a la ciudadanía. El ciudadano evolucionó hacia un primate digital permanentemente estimulado que arroja excremento retórico desde árboles ideológicos mientras exige verificadores de datos para los demás.

Trump representa la culminación de la involución: el primer presidente estadounidense populista, con el rigor de los "reality shows" y la ética de un operador inmobiliario. Una criatura política generada enteramente por la televisión, el branding, el instinto, el conflicto, el espectáculo y la resonancia emocional. 

No habla en argumentos. Habla en reacciones y tweets. Sus actos políticos se parecen a ceremonias prehistóricas en las que la tribu se reúne alrededor del fuego para escuchar al jefe denunciar enemigos, invocar mitos de traición y prometer la restauración de una grandeza perdida.

Su genialidad consiste precisamente en convertir la política moderna en show business.

La vieja república esperaba que los ciudadanos se comportaran como participantes racionales en un autogobierno constitucional. La política moderna trata a los votantes como tribus emocionalmente activadas que buscan identidad, venganza y pertenencia simbólica. Lincoln citaba a los Padres Fundadores. Trump se cita a sí mismo.

Irónicamente, muchos críticos de Trump completan la misma involución mientras creen que la resisten. La élite progresista moderna comunica cada vez más mediante histeria moral, impulsos censores, conformismo ideológico y absolutismo emocional. Un bando grita “fascista”. El otro grita “comunista”. Mientras tanto, China fabrica silenciosamente el futuro.

La sátira más profunda es que ambas tribus se consideran altamente evolucionadas mientras se comportan como clanes rivales de cavernas discutiendo por huesos de mamut en Twitter.

Unos veneran la identidad. Los otros veneran el resentimiento. Ambos veneran la indignación.

La república constitucional espera silenciosamente afuera, como un anciano abandonado al que nadie visita.

Los Padres Fundadores estadounidenses temían la monarquía, el faccionalismo, el gobierno de la multitud, la concentración del poder y las pasiones irracionales de las masas. Diseñaron un sistema basado en la desconfianza madisoniana hacia los impulsos humanos precisamente porque entendían algo que la política moderna desesperadamente intenta olvidar: la civilización es una fina capa de autocontrol extendida sobre antiguos instintos tribales.

Esa capa requiere mantenimiento.

Requiere que enseñen historia en lugar de activismo terapéutico. Universidades que fomenten el razonamiento en lugar de la obediencia ideológica. Sistemas mediáticos que recompensen la verdad más que la adicción emocional. Líderes políticos capaces de pensar más allá del próximo ciclo de noticias. Ciudadanos capaces de distinguir entre el desacuerdo y el apocalipsis.

De lo contrario, la involución se acelera.

La República Romana no colapsó porque los bárbaros aparecieron súbitamente en sus puertas. Roma, primero, provocó decadencia interna, espectáculo político, corrupción, polarización, populismo y agotamiento institucional. Los bárbaros simplemente llegaron para la liquidación final.

Estados Unidos hoy a menudo se parece a Roma con sus smartphones.

Lincoln todavía permanece al comienzo del gráfico evolutivo: austero, serio, imperfecto, racional, cargado de historia, hablando de “los mejores ángeles de nuestra naturaleza”.

En el otro extremo aparece el moderno jefe tribal digital con gorra roja, rugiendo ante la multitud mientras las cadenas de noticias monetizan los colapsos nerviosos colectivos en tiempo real.

El progreso es reversible.

La civilización es opcional.

Y la historia, ocasionalmente, retrocede mediante merchandising caro.

El Arte del Delirio: Cuando la “hipérbole veraz” choca contra la realidad






Donald Trump describió una vez su estilo de negociación en The Art of the Deal como “truthful hyperbole”, una “hipérbole veraz”. La frase sonaba brillante en el mundo inmobiliario de Manhattan. Exagerar la promesa, dominar los titulares, intimidar a la contraparte y luego cerrar el trato en un punto intermedio. En casinos, marcas y reality shows, la táctica muchas veces funcionó.

La política internacional, sin embargo, no es Atlantic City. La realidad termina enviando facturas. Imperios, mercados, alianzas, precios del petróleo, cadenas logísticas y guerras tienen la irritante costumbre de no seguir guiones televisivos.

El problema comienza cuando el teatro político deja de serlo y se convierte en política de Estado. La hipérbole puede vender condominios. Funciona mucho peor cuando se administran alianzas construidas durante ochenta años, sistemas comerciales globales por billones de dólares o guerras en el Golfo Pérsico.

La segunda presidencia de Trump comienza a parecerse cada vez más a un estudio de caso sobre lo que ocurre cuando una estrategia de marketing se confunde con la geopolítica.

El resultado recuerda a un dueño de casinos intentando manejar el sistema internacional como si la OTAN fuera un contrato de licencia y el estrecho de Ormuz una negociación para un resort de golf.

Tres decisiones ilustran el patrón: los aranceles, la ruptura progresiva con la OTAN y Europa, y la guerra con Irán.


Aranceles: El emperador descubre las cadenas de suministro

La doctrina arancelaria de Trump parte de una premisa simple y seductora: Estados Unidos es tan grande y rico que todos necesitan acceso al mercado norteamericano más de lo que Estados Unidos necesita acceso al suyo. Amenazar con aranceles, forzar concesiones y declarar la victoria.

En los discursos, eso suena patriótico y contundente. En la realidad, la economía global moderna se parece más a una telaraña diseñada por ingenieros, contadores y barcos portacontenedores. Se tira de un hilo y toda la estructura vibra.

Trump actuó como si los aranceles los pagaran los extranjeros por vergüenza patriótica. Los mercados los trataron como realmente son: impuestos indirectos sobre los consumidores y las empresas estadounidenses.

La ironía es casi literaria. Trump prometió restaurar la supremacía industrial estadounidense mediante el proteccionismo y terminó descubriendo que la propia industria estadounidense depende de cadenas globales de suministro. Un automóvil Ford ensamblado en Michigan puede tener componentes que cruzaron fronteras seis veces antes de que se terminara.

La lógica de la “hipérbole veraz” suponía que otros países entrarían en pánico y se rendirían. En cambio, respondieron. China se adaptó. Europa se reorganizó. Canadá contraatacó. La inflación aumentó. Los mercados se volvieron más volátiles.

La hipérbole chocó contra la aritmética.

Y la aritmética ganó.


Romper con la OTAN y Europa: cómo transformar aliados en competidores

Trump identificó correctamente un problema real: Europa había invertido demasiado poco en defensa durante décadas mientras dependía del paraguas militar estadounidense.

La catástrofe comenzó cuando confundió la influencia con la humillación.

Las grandes alianzas funcionan parcialmente sobre el poder y parcialmente sobre la confianza. La OTAN no era simplemente un contrato militar. Era el sistema operativo geopolítico de Occidente desde 1945.

Trump la trató menos como una alianza civilizatoria y más como un esquema de protección cuyos clientes estaban en mora con los pagos.

Las amenazas repetidas contra aliados europeos, las dudas sobre compromisos históricos, las guerras arancelarias y la diplomacia errática produjeron exactamente el resultado que Washington intentó evitar durante décadas: una Europa que se prepara estratégicamente para un futuro sin un liderazgo estadounidense confiable.

Trump creyó que el miedo produciría obediencia.

Produjo diversificación.

La principal beneficiaria estratégica de la fragmentación occidental no fue ni Europa ni Estados Unidos.

Fue China.

Y, en menor medida, Rusia.

“America First” comenzó a parecerse cada vez más a “America Alone”.


La guerra con Irán: del reality show a la realidad

Nada expone más rápidamente los límites de la hipérbole que una guerra.

El enfoque de Trump hacia Irán siguió el mismo patrón dramático visible a lo largo de toda su carrera: escalar retóricamente, proyectar confianza absoluta, despreciar las restricciones y prometer victorias rápidas.

El problema es que Irán no es un contratista quebrado de Atlantic City.

La guerra expuso la brecha entre la fuerza performática y la planificación estratégica. Las declaraciones triunfalistas fueron seguidas de improvisaciones contradictorias. Irán estaba “acabado” durante una semana y el conflicto escalaba la siguiente.

Las consecuencias económicas se extendieron a nivel global. Subió el petróleo. Aumentó la inflación. El estrecho de Ormuz volvió a convertirse en un cuello de botella estratégico para energía, alimentos y fertilizantes.

Las guerras poseen una característica ausente de la televisión:

El enemigo también vota.


¿Todavía hay salida? Probablemente sí… pero no con Trump

Todavía existe una salida para Estados Unidos.

La realidad incómoda es que resulta cada vez menos probable que ocurra bajo el propio Trump.

La identidad política de Trump se basa en la escalada permanente, la duplicación de apuestas y la infalibilidad personal. Admitir errores estratégicos destruiría el núcleo psicológico del trumpismo: la idea de que el instinto  vence a la experiencia y que retroceder equivale a debilidad.

Eso vuelve improbable cualquier corrección de rumbo.

Cada crisis producida por la hipérbole exige una hipérbole aún mayor para sostener la narrativa.

Los aranceles se convierten en “patriotismo económico”.
Las rupturas diplomáticas en el “burden sharing”.
La improvisación estratégica en “imprevisibilidad inteligente”.
La escalada militar en “fortaleza”.

La narrativa debe expandirse constantemente porque la realidad lo resiste.

Por eso es probable que la limpieza quede para el próximo presidente de Estados Unidos, sin importar el partido.

Y la tarea se parecerá más a la reconstrucción tras un desastre que a un simple ajuste político.


El próximo presidente heredará una casa geopolítica llena de escombros

El próximo presidente estadounidense probablemente descubrirá que reparar instituciones es mucho más difícil que destruirlas.

Destruir la confianza lleva meses.

Reconstruirla lleva años.

La próxima administración tendrá que reconstruir la credibilidad de las alianzas, restaurar la previsibilidad económica, contener las consecuencias de la guerra con Irán, recuperar el profesionalismo institucional y convencer nuevamente al mundo de que Estados Unidos sigue siendo un actor racional y predecible.

Ese puede ser el legado más duradero del trumpismo.

No los aranceles.
No los discursos.
No los slogans.

La volatilidad.


La ironía final

Trump construyó su identidad política sobre la imagen del gran constructor.

Sin embargo, los próximos presidentes probablemente pasarán años actuando menos como conquistadores y más como contratistas agotados reparando cañerías rotas, recableando sistemas dañados y explicando a aliados nerviosos que la estructura de la casa sigue siendo sólida después de que el propietario anterior intentara remodelarla con un lanzallamas.

Ese es el peligro oculto de gobernar mediante “hipérbole veraz”.

Eventualmente, la realidad deja de negociar.

Y entonces alguien más tiene que limpiar el desastre.