Las mayorías (siempre circunstanciales) detestan esta frase por la misma razón que los pacientes detestan un diagnóstico difícil. Contiene una posibilidad incómoda: los electorados, como los individuos, pueden volverse emocionales, impulsivos, tribales, vengativos, irracionales… y catastróficamente equivocados.
La historia ofrece abundantes ejemplos.
- La multitud eligió a Barrabás antes que a Jesús.
- Atenas condenó a Sócrates.
- Argentina votó repetidamente por el populismo inflacionario mientras se preguntaba por qué su moneda se comportaba como yogur radiactivo.
- Gran Bretaña votó por el Brexit antes de descubrir que la soberanía no simplifica la logística aduanera.
- Estados Unidos oscila periódicamente entre una tecnocracia gerencial y un populismo teatral, con el entusiasmo de un péndulo alimentado por bebidas energéticas.
La gorra humeante simboliza las consecuencias de preferir respuestas emocionalmente satisfactorias a soluciones operacionalmente efectivas.
La promesa central del populismo es extraordinariamente seductora: los problemas complejos son en realidad simples, las élites ocultan soluciones obvias y solo la cobardía impide la restauración inmediata de la nación.
- ¿Déficits comerciales? Aranceles.
- ¿Crimen? Mano dura.
- ¿Inflación? Codicia corporativa.
- ¿Política exterior? Fuerza.
- ¿Déficit fiscal? Despilfarro.
- ¿Declive industrial? Traer fábricas de vuelta.
- ¿Migración? Construir muros.
Cada problema estructural se reduce a un eslogan lo suficientemente breve como para caber en una gorra de béisbol.
La realidad, desafortunadamente, sigue siendo obstinadamente antipopulista.
Los aranceles suenan patrióticos hasta que reaparecen como precios más altos incrustados invisiblemente en las cadenas de suministro.
Las guerras comerciales se parecen a asedios medievales en los que ambos ejércitos incendian sus propias aldeas para demostrar su determinación.
Los aplausos suelen disminuir cuando los consumidores descubren que el nacionalismo económico suele cargar primero la factura a los hogares.
Lo mismo ocurre con la improvisación geopolítica.
Cuestionar el reparto de costos de la OTAN era legítimo. Tratar públicamente las alianzas como suscripciones descartables mientras aumentaban simultáneamente las tensiones con Rusia, China e Irán equivalía, estratégicamente, a quitar remaches de un avión para reducir el peso. El ahorro es inmediato. El aterrizaje resulta considerablemente más memorable.
Los movimientos populistas suelen confundir la visibilidad con la efectividad. Los gestos dramáticos crean una sensación de acción aun cuando los sistemas subyacentes se deterioran silenciosamente.
Los gobiernos anuncian victorias mientras los puertos se congestionan, la deuda se acumula, los sistemas energéticos se debilitan, los aliados recalculan riesgos y la confianza institucional se evapora molécula por molécula.
La paradoja es que el populismo suele surgir de agravios reales.
Muchos votantes de Trump no eran irracionales. Identificaron correctamente síntomas: desindustrialización, desconexión de las élites, arrogancia burocrática, fragmentación cultural, guerras interminables, declive de la confianza y la creciente sensación de que los ciudadanos comunes financiaban instituciones cada vez más indiferentes hacia ellos.
Su diagnóstico contenía verdad.
Para quien sufre el dolor de una pierna quebrada, la amputación es una solución definitiva que, sin anestesia, puede reclamarse a gritos. Si quien tiene la sierra es un carpintero, puede resultar muy efectivo.
La medicina populista se parece a inyectar whisky directamente en la red de agua pública.
Este patrón va mucho más allá de Estados Unidos.
El populismo funciona como comida rápida : satisfacción inmediata hoy, diabetes para mañana.
Hoy la inflación es esa diabetes económica: y tal vez haya que amputar la dieta o los empleos.
La izquierda promete su propia versión. Los gobiernos gastan más allá de toda sustentabilidad, regulan la productividad hasta paralizarla y asumen que el señalamiento moral puede sustituir la competitividad económica. Luego, expresan sorpresa cuando el déficit crece, la inversión se desacelera y los sectores productivos migran silenciosamente a otros lugares.
La derecha ofrece simplificaciones parecidas. La grandeza nacional se confunde con la agresividad retórica. La complejidad económica se reduce a eslóganes patrióticos. La competitividad estructural es reemplazada por la nostalgia envuelta en banderas.
Ambas versiones prometen gratificación emocional sin costos operativos.
La realidad no funciona así.
Las civilizaciones sobreviven gracias a la competencia, no a la catarsis.
Estados Unidos se convirtió originalmente en una potencia porque combinó emprendimiento, estabilidad institucional, innovación científica, abundancia energética, inmigración de talento, mercados de capital profundos, credibilidad militar y continuidad constitucional durante generaciones. Ninguno de esos logros surgió de slogans. Surgieron de sistemas disciplinados capaces de acumular desempeño a lo largo del tiempo.
El próximo presidente estadounidense heredará (POTUS para los que lo cuidan) , por lo tanto, una tarea profundamente poco romántica: apagar incendios iniciados por años de gobernanza teatral proveniente de múltiples direcciones.
La agenda incluirá restaurar la disciplina fiscal sin destruir el crecimiento; reconstruir la capacidad industrial sin fantasías inflacionarias; estabilizar las alianzas mientras se enfrenta a China de manera realista; modernizar la infraestructura energética sin absolutismos ideológicos; y reducir la temperatura emocional de un país crecientemente adicto a la indignación permanente.
Nada de esto encaja bien con los cánticos de campaña.
Ese es precisamente el problema.
Las democracias recompensan cada vez más a los políticos emocionales, mientras que necesitan administradores operativos. Las elecciones seleccionan generadores de indignación; gobernar exige pensamiento sistémico. La política viral produce excelentes clips para redes sociales y, sorprendentemente, una planificación de infraestructura mediocre.
La gorra humeante captura el momento en que los votantes descubren que la ira es altamente combustible y extraordinariamente difícil de manejar sin quemarse.
Eventualmente la realidad siempre vuelve para cobrar la factura de la fantasía política.
- Los mercados de bonos no se conmueven con los discursos de campaña.
- Las cadenas de suministro ignoran las pasiones tribales. Los sistemas energéticos permanecen indiferentes a los hashtags.
- La geopolítica castiga la improvisación con fría eficiencia matemática.
Y la historia repite silenciosamente su lección más antigua: las mayorías son perfectamente capaces de equivocarse de manera espectacular.
Especialmente cuando alguien promete salvación a precio de oferta.
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