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Tuesday, October 13, 2026

El ascenso global del Eje islamofascista








El islamismo autoritario ha adquirido la capacidad de disputar territorios, amenazar rutas energéticas y perseguir a adversarios dentro de las democracias occidentales. Su poder combina la militancia religiosa, las organizaciones armadas, los recursos estatales y la propaganda. Sectores de la izquierda radical contribuyen a legitimarlo al presentar sus agresiones como resistencia al capitalismo y al imperialismo.


La expresión “eje islamofascista” permite analizar la convergencia entre la supremacía religiosa, el autoritarismo, el antisemitismo y la violencia política. Su utilidad depende de la identificación de actores y vínculos concretos. El islamismo tiene organizaciones rivales, diferencias doctrinales y conflictos internos; esas divisiones conviven con alianzas tácticas y enemigos compartidos.

Su historia precede a la revolución iraní. En 1928, Hasan al-Banna fundó los Hermanos Musulmanes en Egipto, con un proyecto de organización social y política basado en su interpretación del islam. La ambición de convertir la doctrina religiosa en orden público constituye uno de los fundamentos del islamismo moderno (Council on Foreign Relations, 2019).

La trayectoria de Amin al-Husseini, antiguo muftí de Jerusalén, constituye un antecedente particularmente grave. El 28 de noviembre de 1941 se reunió con Hitler en Berlín. Durante la guerra, colaboró en la propaganda nazi dirigida a musulmanes de Oriente Medio y de los Balcanes. El Museo del Holocausto estadounidense lo describe como antisemita y colaborador voluntario del nazismo. Esa colaboración documenta una conexión efectiva entre el liderazgo político-religioso y el fascismo europeo (United States Holocaust Memorial Museum, s. f.).

En 1979, Jomeini convirtió el islamismo revolucionario chiita en poder estatal mediante la creación de la República Islámica de Irán. Un movimiento religioso adquirió los instrumentos de un Estado y una plataforma duradera de influencia internacional (Encyclopaedia Iranica, s. f.).

El 11 de septiembre de 2001 también evidenció la aprobación pública del terrorismo por parte de sectores radicalizados. En Nablus, una crónica contemporánea describió unas 3.000 personas celebrando, repartiendo dulces y disparando al aire. En Jerusalén Oriental hubo concentraciones menores; en campamentos palestinos del Líbano se registraron disparos de celebración. Los participantes justificaron su alegría por el apoyo de Estados Unidos a Israel. Festejar el asesinato de civiles convirtió el resentimiento político en la aprobación de una matanza.

Esos episodios deben conservar su dimensión real. La evidencia disponible no acredita una celebración generalizada entre los musulmanes del mundo ni los festejos multitudinarios en Nueva Jersey que posteriormente se afirmaron. La precisión fortalece la denuncia: permite atribuir responsabilidades y evita que una exageración desacredite los hechos documentados.

La dimensión económica del desafío se hace evidente en el mar Rojo. Los ataques hutíes obligaron a desviar la navegación alrededor de África. Según la Administración de Información Energética de EE. UU. el tránsito petrolero por el estrecho de Bab el-Mandeb durante el primer semestre de 2025 fue aproximadamente la mitad que el registrado en 2023. Una organización armada puede imponer costos al comercio mundial y ejercer presión sobre economías mucho mayores que la suya (U.S. Energy Information Administration, s. f.).

La amenaza del petróleo árabe debe entenderse principalmente como una capacidad de coerción sobre la infraestructura y el flujo energético. Atacar o interrumpir esos flujos otorga influencia estratégica, incluso sin conquistar los yacimientos. El poder reside en hacer vulnerable el abastecimiento y elevar el costo de protegerlo.

En Occidente, la proyección iraní incluye operaciones clandestinas comprobadas. En julio de 2025, la Unión Europea sancionó a responsables de la represión transnacional que recurrían a intermediarios y redes criminales contra disidentes, incluso en territorio europeo. En marzo de 2026, el Departamento de Justicia de EE.UU. informó de la condena de un agente iraní por terrorismo y por un complot de asesinato por encargo. Aquí existen responsabilidades operativas identificables (Consejo de la Unión Europea, 2025; U.S. Department of Justice, 2026).

Las quintas columnas en US y EU



La inmigración plantea otra cuestión: cómo detectar el reclutamiento y la militancia fundamentalistas sin confundirlos con la población inmigrante. La investigación debe seguir las organizaciones, la financiación, las instrucciones y las conductas. Parte de la diáspora iraní es precisamente víctima de las redes de Teherán. La categoría de “quinta columna” exige demostrar colaboración con un poder extranjero.

El papel de los sectores de la izquierda radical merece una crítica igualmente precisa. Cuando justifican el terrorismo por la identidad de sus enemigos, actúan como compañeros de ruta de fuerzas autoritarias. El esquema que reduce todo conflicto a “imperialismo contra resistencia” puede otorgar legitimidad a movimientos cuyas prácticas contradicen las libertades que sus defensores reivindican en casa. “Idiota útil” describe polémicamente esa subordinación del juicio; la complicidad consciente requiere pruebas adicionales.

La respuesta democrática requiere firmeza y precisión: proteger las rutas comerciales, desmantelar las redes clandestinas, investigar la financiación y perseguir las amenazas. 
También necesita defender públicamente sus principios. 

La "lucha contra el capitalismo" o contra Estados Unidos, Israel o los paises de Europa Occidental  es una senial clara del avance del Eje islamofascista y sus camarads de ruta, las izquierdas anti occidentales, que conceden legitimidad al asesinato de civiles, la persecución religiosa o la intimidación de disidentes convirtiendo a las victimas (Israelm Estados Unidos) en victimario que reciben merecidos castigos. 

Estamos en los umbrales de una escalada de una guerra global, como en 1939 con la expansion de la Alemania nazi. A diferencia de aquel entonces, Iran y el fundamentalismo de IIS, Al Qaeda, Hamas y Hezbollah tienen quintas columnas en US y Europa.

Saturday, September 19, 2026

TRUMP S.A. Cuando el interés personal se convierte en política exterior

 

La política de Donald Trump parece contradictoria si se la analiza a través de las categorías tradicionales: aliados y adversarios, democracia y dictadura, interés público e interés privado, presidencia y negocios.

Resulta considerablemente más coherente si ensayamos otra hipótesis:

“Lo que es bueno para Trump es bueno para América.”

La hipótesis no requiere sostener que cada decisión presidencial sea comprada ni que cada política responda a un negocio privado.

Propone algo más profundo: Trump parece reducir progresivamente las fronteras entre su persona, su familia, su marca comercial, su movimiento político, su gobierno y Estados Unidos.

Venezuela, Rusia, las monarquías del Golfo, los negocios familiares, los regalos extranjeros y ahora hasta los programas públicos bautizados con su apellido permiten examinar ese fenómeno como un sistema.

Venezuela: sacar a Maduro sin desmontar el sistema


Trump utilizó el poder estadounidense para desplazar a Nicolás Maduro, pero Washington no aceleró de inmediato la transferencia del poder a María Corina Machado y a la oposición democrática.

Por el contrario, comenzó a trabajar con Delcy Rodríguez y con una parte importante del aparato estatal existente.

La contradicción disminuye cuando introducimos el petróleo y la negociación.

Maduro era un obstáculo. Delcy es una fachada dócil.

Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta. Está extraordinariamente cerca de Estados Unidos y su crudo pesado resulta especialmente importante para determinadas refinerías estadounidenses.

Machado propone algo diferente y peligroso para el negocio petrolero que busca Trump: movilización, elecciones rápidas, sustitución de funcionarios y reconstrucción institucional.

Machado quiere democracia. Trump quiere petróleo seguro.

El modelo Delcy


La idea adquiere mayor significado cuando se considera que, dentro del gobierno estadounidense, llegó a discutirse la posibilidad de encontrar una “Delcy de Irán” o una “Delcy de Cuba”.


Irán: la Venezuela que no fue

Irán muestra los límites de esa estrategia.Trump consiguió en Venezuela un régimen corrupto afín sin embarcarse en una ocupación prolongada.
Trump ignora la naturaleza del régimen corrupto de Irán y también su poderío como financiador del terrorismo global, de la guerra asimétrica, del eje antiestadounidense y de su capacidad para cerrar Hormuz y Bab el-Mandeb, asfixiando a la UE y desatando una inflación letal (para las elecciones legislativas) en US.


Rusia: negocios, relaciones y familia

Rusia es simultáneamente rival estratégico, potencia petrolera, objeto de sanciones e interlocutor personal.

¿Qué gana Trump al negociar con Putin?

Las relaciones internacionales se definen directamente entre las familias  presidenciales de ambos países.

En 2026 se conoció que el empresario ruso Umar Kremlev, relacionado con círculos del poder ruso y presidente de una organización anteriormente financiada por Gazprom, había pagado cientos de miles de dólares en celebraciones vinculadas a la boda de Donald Trump Jr.
Después de que se hizo público el episodio, Trump dijo que su hijo le había comunicado que devolvería el dinero.

Mientras Trump negocia con Putin, su hijo y su cuñado cierran negocios en Rusia

Trump SA

Mientras Trump negocia con Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Omán cuestiones de petróleo, defensa, inteligencia, tecnología y seguridad, la Trump Organization expande simultáneamente sus negocios en esa misma región.
  • Torres.
  • Hoteles.
  • Residencias.
  • Campos de golf.
  • Licencias de marca.
La familia Trump hace negocios con actores pertenecientes a los mismos sistemas políticos con los que Trump negocia usando el nombre de Estados Unidos.

El Air Force One de Qatar


Qatar convirtió esa ambigüedad en una imagen casi perfecta.

La familia gobernante ofreció un Boeing 747-8, valorado en aproximadamente US$400 millones, para que Estados Unidos lo utilizara como avión presidencial.
Formalmente, el avión fue ofrecido al gobierno estadounidense, no personalmente a Donald Trump. Algo así como la Ferrari de Menem para la Casa Rosada.

Pero el proyecto contemplaba, posteriormente, su transferencia a la Biblioteca Presidencial Trump.

Simultáneamente, Trump Organization cierra negocios en Qatar.

Crypto: convertir el acceso en un activo global

World Liberty Financial introduce una innovación decisiva.

Los antiguos negocios de Trump eran físicos.Había que comprar un departamento.Dormir en un hotel.Jugar al golf.Contratar una licencia.

Crypto elimina esas barreras.
Capital procedente de cualquier lugar del planeta puede adquirir activos económicamente vinculados a la familia presidencial.
Y puede hacerlo mientras el presidente negocia simultáneamente con gobiernos vinculados a esos capitales.

Trump ha creado
 un ecosistema financiero internacional en torno a la familia presidencial. Y entonces el Estado comienza a llamarse Trump

Lo que se cifra en el nombre

Como los perros cuando levantan la pata. Trump pone su apellido para marcar su territorio, no solo político, sino también patrimonial.

Trump Tower, Trump Plaza, Trump International, Trump Golf, Trump University.

y ahora:
  1. Donald J. Trump United States Institute of Peace — antes United States Institute of Peace. El nombre fue colocado físicamente en el edificio.
  2. The Donald J. Trump and The John F. Kennedy Memorial Center for the Performing Arts — nombre aprobado por la junta y colocado en la fachada del Kennedy Center; posteriormente, un juez declaró ilegal el cambio y ordenó retirar el nombre.
  3. President Donald J. Trump International Airport — rebautización del Palm Beach International Airport.
  4. Donald J. Trump Bridge — puente de la Interstate 40 en Tennessee.
  5. Donald J. Trump Washington Dulles International Airport — propuesta para rebautizar Dulles; no concretada.
  6. Donald J. Trump Penn Station — propuesta para rebautizar Pennsylvania Station en Nueva York; no concretada.
  7. Trump Accounts — denominación gubernamental de las nuevas cuentas de inversión para niños, con un aporte federal inicial para los elegibles.
  8. TrumpRx — plataforma gubernamental para el acceso a medicamentos a precios negociados.
  9. Trump Gold Card — programa gubernamental de inmigración/residencia para inversores.
  10. Trump Platinum Card — modalidad superior del mismo esquema migratorio.
  11. Trump-class battleships — nombre propuesto para una nueva clase de buques de guerra.
  12. President Donald J. Trump Ballroom — denominación del nuevo ballroom de la Casa Blanca.
  13. 2026 President Donald J. Trump $1 Coin — moneda conmemorativa oficial de un dólar con el retrato y el nombre de Trump. La U.S. Mint utiliza formalmente esa denominación.
  14. 2026 America the Beautiful Pass con Trump — el pase oficial de parques nacionales incorporó su retrato junto al de George Washington; no es un cambio de nombre, pero sí otro caso de incorporación de la identidad presidencial a un producto oficial.

¿Suena parecido al Centro Cultural Kirchner, provincia de Eva Perón
? 




Tuesday, May 12, 2026

Gorritas en llamas: Cuando las mayorias votan por respuestas fáciles

 

“La mayoría nunca tiene razón. ¡Nunca, les digo!”, tronaba el doctor Stockmann en Un enemigo del pueblo de Henrik Ibsen. “¿Quiénes forman la mayor parte de la población: los estudiosos o los ignorantes?”
Las mayorías (siempre circunstanciales) detestan esta frase por la misma razón que los pacientes detestan un diagnóstico difícil. Contiene una posibilidad incómoda: los electorados, como los individuos, pueden volverse emocionales, impulsivos, tribales, vengativos, irracionales… y catastróficamente equivocados.

La historia ofrece abundantes ejemplos. 
  • La multitud eligió a Barrabás antes que a Jesús. 
  • Atenas condenó a Sócrates. 
  • Argentina votó repetidamente por el populismo inflacionario mientras se preguntaba por qué su moneda se comportaba como yogur radiactivo. 
  • Gran Bretaña votó por el Brexit antes de descubrir que la soberanía no simplifica la logística aduanera. 
  • Estados Unidos oscila periódicamente entre una tecnocracia gerencial y un populismo teatral, con el entusiasmo de un péndulo alimentado por bebidas energéticas.
La gorra humeante simboliza las consecuencias de preferir respuestas emocionalmente satisfactorias a soluciones operacionalmente efectivas.
La promesa central del populismo es extraordinariamente seductora: los problemas complejos son en realidad simples, las élites ocultan soluciones obvias y solo la cobardía impide la restauración inmediata de la nación.
    • ¿Déficits comerciales? Aranceles.
    • ¿Crimen? Mano dura.
    • ¿Inflación? Codicia corporativa.
    • ¿Política exterior? Fuerza.
    • ¿Déficit fiscal? Despilfarro.
    • ¿Declive industrial? Traer fábricas de vuelta.
    • ¿Migración? Construir muros.
Cada problema estructural se reduce a un eslogan lo suficientemente breve como para caber en una gorra de béisbol.
La realidad, desafortunadamente, sigue siendo obstinadamente antipopulista.
Los aranceles suenan patrióticos hasta que reaparecen como precios más altos incrustados invisiblemente en las cadenas de suministro.

Las guerras comerciales se parecen a asedios medievales en los que ambos ejércitos incendian sus propias aldeas para demostrar su determinación. 
Los aplausos suelen disminuir cuando los consumidores descubren que el nacionalismo económico suele cargar primero la factura a los hogares.
Lo mismo ocurre con la improvisación geopolítica.

Cuestionar el reparto de costos de la OTAN era legítimo. Tratar públicamente las alianzas como suscripciones descartables mientras aumentaban simultáneamente las tensiones con Rusia, China e Irán equivalía, estratégicamente, a quitar remaches de un avión para reducir el peso. El ahorro es inmediato. El aterrizaje resulta considerablemente más memorable.
Los movimientos populistas suelen confundir la visibilidad con la efectividad. Los gestos dramáticos crean una sensación de acción aun cuando los sistemas subyacentes se deterioran silenciosamente. 
Los gobiernos anuncian victorias mientras los puertos se congestionan, la deuda se acumula, los sistemas energéticos se debilitan, los aliados recalculan riesgos y la confianza institucional se evapora molécula por molécula.
La paradoja es que el populismo suele surgir de agravios reales.

Muchos votantes de Trump no eran irracionales. Identificaron correctamente síntomas: desindustrialización, desconexión de las élites, arrogancia burocrática, fragmentación cultural, guerras interminables, declive de la confianza y la creciente sensación de que los ciudadanos comunes financiaban instituciones cada vez más indiferentes hacia ellos.

Su diagnóstico contenía verdad.
Para quien sufre el dolor de una pierna quebrada, la amputación es una solución definitiva que, sin anestesia, puede reclamarse a gritos. Si quien tiene la sierra es un carpintero, puede resultar muy efectivo.
La medicina populista se parece a inyectar whisky directamente en la red de agua pública.

Este patrón va mucho más allá de Estados Unidos. 
El populismo funciona como comida rápida : satisfacción inmediata hoy, diabetes para mañana. 

 Hoy la inflación es esa diabetes económica: y tal vez haya que amputar la dieta o los empleos.

La izquierda promete su propia versión. Los gobiernos gastan más allá de toda sustentabilidad, regulan la productividad hasta paralizarla y asumen que el señalamiento moral puede sustituir la competitividad económica. Luego, expresan sorpresa cuando el déficit crece, la inversión se desacelera y los sectores productivos migran silenciosamente a otros lugares.

La derecha ofrece simplificaciones parecidas. La grandeza nacional se confunde con la agresividad retórica. La complejidad económica se reduce a eslóganes patrióticos. La competitividad estructural es reemplazada por la nostalgia envuelta en banderas.

Ambas versiones prometen gratificación emocional sin costos operativos.
La realidad no funciona así.
Las civilizaciones sobreviven gracias a la competencia, no a la catarsis.
Estados Unidos se convirtió originalmente en una potencia porque combinó emprendimiento, estabilidad institucional, innovación científica, abundancia energética, inmigración de talento, mercados de capital profundos, credibilidad militar y continuidad constitucional durante generaciones. Ninguno de esos logros surgió de slogans. Surgieron de sistemas disciplinados capaces de acumular desempeño a lo largo del tiempo.

El próximo presidente estadounidense heredará (POTUS para los que lo cuidan) , por lo tanto, una tarea profundamente poco romántica: apagar incendios iniciados por años de gobernanza teatral proveniente de múltiples direcciones.
La agenda incluirá restaurar la disciplina fiscal sin destruir el crecimiento; reconstruir la capacidad industrial sin fantasías inflacionarias; estabilizar las alianzas mientras se enfrenta a China de manera realista; modernizar la infraestructura energética sin absolutismos ideológicos; y reducir la temperatura emocional de un país crecientemente adicto a la indignación permanente.
Nada de esto encaja bien con los cánticos de campaña.

Ese es precisamente el problema.

Las democracias recompensan cada vez más a los políticos emocionales, mientras que necesitan administradores operativos. Las elecciones seleccionan generadores de indignación; gobernar exige pensamiento sistémico. La política viral produce excelentes clips para redes sociales y, sorprendentemente, una planificación de infraestructura mediocre.
La gorra humeante captura el momento en que los votantes descubren que la ira es altamente combustible y extraordinariamente difícil de manejar sin quemarse.
Eventualmente la realidad siempre vuelve para cobrar la factura de la fantasía política.
  • Los mercados de bonos no se conmueven con los discursos de campaña. 
  • Las cadenas de suministro ignoran las pasiones tribales. Los sistemas energéticos permanecen indiferentes a los hashtags. 
  • La geopolítica castiga la improvisación con fría eficiencia matemática.
Y la historia repite silenciosamente su lección más antigua: las mayorías son perfectamente capaces de equivocarse de manera espectacular.

Especialmente cuando alguien promete salvación a precio de oferta.


La involución del presidente americano De Lincoln a la pared de la caverna

 


Algunas civilizaciones dejan catedrales, constituciones, sinfonías, universidades y viajes a la Luna. Otras dejan pinturas rupestres y gente que se grita entre sí, mientras usa pieles de animales y gorritas de béisbol con 4 letras. 

La historia, lamentablemente, no avanza en línea recta ascendente. A veces se parece a una montaña rusa. Últimamente a un tobogán involutivo. 

La vieja idea whig del progreso asumía que las instituciones evolucionan hacia arriba mediante la educación, la ciencia, el equilibrio constitucional y la responsabilidad cívica. Lincoln encarnaba esa aspiración: autodidacta, austero, intelectualmente disciplinado, obsesionado con preservar una república constitucional antes que inflamar pasiones tribales. Uno podía discrepar políticamente con él y aun así reconocer a un estadista que estudiaba Euclides a la luz de una vela y hablaba en frases en lugar de eslóganes.

Lincoln pertenecía a la especie Homo Republicus: el raro animal político capaz de sacrificar la popularidad para preservar las instituciones.

Luego comenzó la larga involución.

Lyndon Johnson representó la etapa transicional. Brillante, manipulador, gigantesco en el poder legislativo, todavía operaba bajo la idea de que el gobierno podía rediseñar la sociedad mediante la planificación y la expansión burocrática. La Gran Sociedad se parecía a uno de esos magníficos tractores soviéticos: gigantescos, costosos, impresionantes en los desfiles y cada vez más difíciles de detener una vez que comenzaban a aplastar el paisaje.

La tragedia de Johnson fue creer que la complejidad social podía resolverse mediante la hidráulica federal. La pobreza se convirtió en una industria permanente. La dependencia pasó a ser la arquitectura de las políticas públicas. El Estado gerencial creció como una hiedra sobre los muros constitucionales.

Luego llegó Nixon, que poseía inteligencia estratégica, pero la combinaba con la moralidad de un cliente de prostíbulo y la estabilidad emocional de sus borracheras nocturnas de whisky. Watergate no solo dañó la confianza en el gobierno. Transformó la política en Watergate. Después de Nixon, las campañas políticas y los gobiernos  adoptaron los métodos de Goebbels.

George W. Bush aceleró la transformación de la república en una pirámide de cortesanos intrigantes presidida por un ignoramus.

La política exterior adquirió la sutileza intelectual de una pelea de bar. Regiones geopolíticas enteras fueron tratadas como muebles de IKEA: invadir, ensamblar una democracia con instrucciones faltantes y luego sorprenderse cuando las piezas explotaban. La élite gerencial  hablaba en floridas elucubraciones rumsfeldianas de lo "conocido desconocido" y lo "desconocido conocido" mientras la ocupación de Irak y Afganistán alimentaba al Talibán y Pakistán hospedaba a Bin Laden.

Luego llegaron las redes sociales.

La civilización pasó siglos desarrollando la alfabetización, la moderación constitucional, la racionalidad científica, el debido proceso y el equilibrio institucional. Algunos emprendedores en Silicon Valley descubrieron que la gansa de los huevos de oro era una aplicación que permitía a personas emocionalmente inestables comunicarse de forma instantánea a escala planetaria.

El resultado era previsible.

La política dejó de ser persuasión y pasó a ser tribalismo algorítmico. La atención reemplazó al pensamiento. La indignación reemplazó al análisis. La identidad reemplazó a la ciudadanía. El ciudadano evolucionó hacia un primate digital permanentemente estimulado que arroja excremento retórico desde árboles ideológicos mientras exige verificadores de datos para los demás.

Trump representa la culminación de la involución: el primer presidente estadounidense populista, con el rigor de los "reality shows" y la ética de un operador inmobiliario. Una criatura política generada enteramente por la televisión, el branding, el instinto, el conflicto, el espectáculo y la resonancia emocional. 

No habla en argumentos. Habla en reacciones y tweets. Sus actos políticos se parecen a ceremonias prehistóricas en las que la tribu se reúne alrededor del fuego para escuchar al jefe denunciar enemigos, invocar mitos de traición y prometer la restauración de una grandeza perdida.

Su genialidad consiste precisamente en convertir la política moderna en show business.

La vieja república esperaba que los ciudadanos se comportaran como participantes racionales en un autogobierno constitucional. La política moderna trata a los votantes como tribus emocionalmente activadas que buscan identidad, venganza y pertenencia simbólica. Lincoln citaba a los Padres Fundadores. Trump se cita a sí mismo.

Irónicamente, muchos críticos de Trump completan la misma involución mientras creen que la resisten. La élite progresista moderna comunica cada vez más mediante histeria moral, impulsos censores, conformismo ideológico y absolutismo emocional. Un bando grita “fascista”. El otro grita “comunista”. Mientras tanto, China fabrica silenciosamente el futuro.

La sátira más profunda es que ambas tribus se consideran altamente evolucionadas mientras se comportan como clanes rivales de cavernas discutiendo por huesos de mamut en Twitter.

Unos veneran la identidad. Los otros veneran el resentimiento. Ambos veneran la indignación.

La república constitucional espera silenciosamente afuera, como un anciano abandonado al que nadie visita.

Los Padres Fundadores estadounidenses temían la monarquía, el faccionalismo, el gobierno de la multitud, la concentración del poder y las pasiones irracionales de las masas. Diseñaron un sistema basado en la desconfianza madisoniana hacia los impulsos humanos precisamente porque entendían algo que la política moderna desesperadamente intenta olvidar: la civilización es una fina capa de autocontrol extendida sobre antiguos instintos tribales.

Esa capa requiere mantenimiento.

Requiere que enseñen historia en lugar de activismo terapéutico. Universidades que fomenten el razonamiento en lugar de la obediencia ideológica. Sistemas mediáticos que recompensen la verdad más que la adicción emocional. Líderes políticos capaces de pensar más allá del próximo ciclo de noticias. Ciudadanos capaces de distinguir entre el desacuerdo y el apocalipsis.

De lo contrario, la involución se acelera.

La República Romana no colapsó porque los bárbaros aparecieron súbitamente en sus puertas. Roma, primero, provocó decadencia interna, espectáculo político, corrupción, polarización, populismo y agotamiento institucional. Los bárbaros simplemente llegaron para la liquidación final.

Estados Unidos hoy a menudo se parece a Roma con sus smartphones.

Lincoln todavía permanece al comienzo del gráfico evolutivo: austero, serio, imperfecto, racional, cargado de historia, hablando de “los mejores ángeles de nuestra naturaleza”.

En el otro extremo aparece el moderno jefe tribal digital con gorra roja, rugiendo ante la multitud mientras las cadenas de noticias monetizan los colapsos nerviosos colectivos en tiempo real.

El progreso es reversible.

La civilización es opcional.

Y la historia, ocasionalmente, retrocede mediante merchandising caro.

El Arte del Delirio: Cuando la “hipérbole veraz” choca contra la realidad






Donald Trump describió una vez su estilo de negociación en The Art of the Deal como “truthful hyperbole”, una “hipérbole veraz”. La frase sonaba brillante en el mundo inmobiliario de Manhattan. Exagerar la promesa, dominar los titulares, intimidar a la contraparte y luego cerrar el trato en un punto intermedio. En casinos, marcas y reality shows, la táctica muchas veces funcionó.

La política internacional, sin embargo, no es Atlantic City. La realidad termina enviando facturas. Imperios, mercados, alianzas, precios del petróleo, cadenas logísticas y guerras tienen la irritante costumbre de no seguir guiones televisivos.

El problema comienza cuando el teatro político deja de serlo y se convierte en política de Estado. La hipérbole puede vender condominios. Funciona mucho peor cuando se administran alianzas construidas durante ochenta años, sistemas comerciales globales por billones de dólares o guerras en el Golfo Pérsico.

La segunda presidencia de Trump comienza a parecerse cada vez más a un estudio de caso sobre lo que ocurre cuando una estrategia de marketing se confunde con la geopolítica.

El resultado recuerda a un dueño de casinos intentando manejar el sistema internacional como si la OTAN fuera un contrato de licencia y el estrecho de Ormuz una negociación para un resort de golf.

Tres decisiones ilustran el patrón: los aranceles, la ruptura progresiva con la OTAN y Europa, y la guerra con Irán.


Aranceles: El emperador descubre las cadenas de suministro

La doctrina arancelaria de Trump parte de una premisa simple y seductora: Estados Unidos es tan grande y rico que todos necesitan acceso al mercado norteamericano más de lo que Estados Unidos necesita acceso al suyo. Amenazar con aranceles, forzar concesiones y declarar la victoria.

En los discursos, eso suena patriótico y contundente. En la realidad, la economía global moderna se parece más a una telaraña diseñada por ingenieros, contadores y barcos portacontenedores. Se tira de un hilo y toda la estructura vibra.

Trump actuó como si los aranceles los pagaran los extranjeros por vergüenza patriótica. Los mercados los trataron como realmente son: impuestos indirectos sobre los consumidores y las empresas estadounidenses.

La ironía es casi literaria. Trump prometió restaurar la supremacía industrial estadounidense mediante el proteccionismo y terminó descubriendo que la propia industria estadounidense depende de cadenas globales de suministro. Un automóvil Ford ensamblado en Michigan puede tener componentes que cruzaron fronteras seis veces antes de que se terminara.

La lógica de la “hipérbole veraz” suponía que otros países entrarían en pánico y se rendirían. En cambio, respondieron. China se adaptó. Europa se reorganizó. Canadá contraatacó. La inflación aumentó. Los mercados se volvieron más volátiles.

La hipérbole chocó contra la aritmética.

Y la aritmética ganó.


Romper con la OTAN y Europa: cómo transformar aliados en competidores

Trump identificó correctamente un problema real: Europa había invertido demasiado poco en defensa durante décadas mientras dependía del paraguas militar estadounidense.

La catástrofe comenzó cuando confundió la influencia con la humillación.

Las grandes alianzas funcionan parcialmente sobre el poder y parcialmente sobre la confianza. La OTAN no era simplemente un contrato militar. Era el sistema operativo geopolítico de Occidente desde 1945.

Trump la trató menos como una alianza civilizatoria y más como un esquema de protección cuyos clientes estaban en mora con los pagos.

Las amenazas repetidas contra aliados europeos, las dudas sobre compromisos históricos, las guerras arancelarias y la diplomacia errática produjeron exactamente el resultado que Washington intentó evitar durante décadas: una Europa que se prepara estratégicamente para un futuro sin un liderazgo estadounidense confiable.

Trump creyó que el miedo produciría obediencia.

Produjo diversificación.

La principal beneficiaria estratégica de la fragmentación occidental no fue ni Europa ni Estados Unidos.

Fue China.

Y, en menor medida, Rusia.

“America First” comenzó a parecerse cada vez más a “America Alone”.


La guerra con Irán: del reality show a la realidad

Nada expone más rápidamente los límites de la hipérbole que una guerra.

El enfoque de Trump hacia Irán siguió el mismo patrón dramático visible a lo largo de toda su carrera: escalar retóricamente, proyectar confianza absoluta, despreciar las restricciones y prometer victorias rápidas.

El problema es que Irán no es un contratista quebrado de Atlantic City.

La guerra expuso la brecha entre la fuerza performática y la planificación estratégica. Las declaraciones triunfalistas fueron seguidas de improvisaciones contradictorias. Irán estaba “acabado” durante una semana y el conflicto escalaba la siguiente.

Las consecuencias económicas se extendieron a nivel global. Subió el petróleo. Aumentó la inflación. El estrecho de Ormuz volvió a convertirse en un cuello de botella estratégico para energía, alimentos y fertilizantes.

Las guerras poseen una característica ausente de la televisión:

El enemigo también vota.


¿Todavía hay salida? Probablemente sí… pero no con Trump

Todavía existe una salida para Estados Unidos.

La realidad incómoda es que resulta cada vez menos probable que ocurra bajo el propio Trump.

La identidad política de Trump se basa en la escalada permanente, la duplicación de apuestas y la infalibilidad personal. Admitir errores estratégicos destruiría el núcleo psicológico del trumpismo: la idea de que el instinto  vence a la experiencia y que retroceder equivale a debilidad.

Eso vuelve improbable cualquier corrección de rumbo.

Cada crisis producida por la hipérbole exige una hipérbole aún mayor para sostener la narrativa.

Los aranceles se convierten en “patriotismo económico”.
Las rupturas diplomáticas en el “burden sharing”.
La improvisación estratégica en “imprevisibilidad inteligente”.
La escalada militar en “fortaleza”.

La narrativa debe expandirse constantemente porque la realidad lo resiste.

Por eso es probable que la limpieza quede para el próximo presidente de Estados Unidos, sin importar el partido.

Y la tarea se parecerá más a la reconstrucción tras un desastre que a un simple ajuste político.


El próximo presidente heredará una casa geopolítica llena de escombros

El próximo presidente estadounidense probablemente descubrirá que reparar instituciones es mucho más difícil que destruirlas.

Destruir la confianza lleva meses.

Reconstruirla lleva años.

La próxima administración tendrá que reconstruir la credibilidad de las alianzas, restaurar la previsibilidad económica, contener las consecuencias de la guerra con Irán, recuperar el profesionalismo institucional y convencer nuevamente al mundo de que Estados Unidos sigue siendo un actor racional y predecible.

Ese puede ser el legado más duradero del trumpismo.

No los aranceles.
No los discursos.
No los slogans.

La volatilidad.


La ironía final

Trump construyó su identidad política sobre la imagen del gran constructor.

Sin embargo, los próximos presidentes probablemente pasarán años actuando menos como conquistadores y más como contratistas agotados reparando cañerías rotas, recableando sistemas dañados y explicando a aliados nerviosos que la estructura de la casa sigue siendo sólida después de que el propietario anterior intentara remodelarla con un lanzallamas.

Ese es el peligro oculto de gobernar mediante “hipérbole veraz”.

Eventualmente, la realidad deja de negociar.

Y entonces alguien más tiene que limpiar el desastre. 

Thursday, January 15, 2026

Lecturas recomendadas 105: The Calculus of Consent y la anatomía del poder político

 

En la historia del pensamiento político del siglo XX, pocas obras han articulado tan finamente la intersección entre economía, política y decisión colectiva como James M. Buchanan y Gordon Tullock en The Calculus of Consent: Logical Foundations of Constitutional Democracy (1962/1999). 

Publicado en su edición moderna por Liberty Fund, este libro no solo fundó la Teoría de la Elección Pública (Public Choice), sino que también ofrece un marco conceptual para entender por qué los poderes políticos —aunque amparen su actuación en la noción del “interés público”— a menudo terminan capturando rentas privadas y desnaturalizando la soberanía del ciudadano individual. (Wikipedia)


1. El cálculo del consentimiento: Estado como artefacto social

Buchanan y Tullock parten de una tesis radicalmente liberal: el Estado no es una entidad orgánica dotada de voluntad propia, sino un artefacto construido por individuos racionales. La política, como la economía, puede ser analizada mediante el individualismo metodológico: cada actor persigue su propio interés bajo reglas institucionales específicas, y sólo mediante el consentimiento explícito o implícito se legitima la acción colectiva. (Wikipedia)

El libro desplaza el foco de atención de la tradicional “voluntad general” hacia la lógica de los procesos constitucionales, preguntando: ¿qué reglas del juego político serían aprobadas por individuos racionales interesados en proteger sus derechos y bienestar?

El resultado es una combinación de teoría racional, análisis de decisiones colectivas y una crítica implícita a concepciones orgánicas del Estado que atribuyen a la comunidad o a la nación una voluntad monolítica. (John Thrasher)


2. Public Choice: cuando los políticos actúan como economistas del poder

La Public Choice Theory que emerge en The Calculus of Consent nos devuelve a la realidad desnuda: los políticos, burocratas y coaliciones electorales no son ángeles altruistas que dejan de lado sus intereses al asumir la función pública. Por el contrario, su comportamiento sigue lógicas racionales de maximización dentro del “mercado político”: búsqueda de poder, acumulación de recursos y protección de ventajas competitivas. (Wikipedia)

En términos económicos, esto se traduce en dos efectos centrales:

  • Captura de rentas: los agentes políticos y los grupos de presión buscan mecanismos para asignarse privilegios y rentas por encima de lo que el mercado competitivo habría generado de forma descentralizada. (Wikipedia)
  • Externalidades políticas negativas: cuando las mayorías deciden sin restricciones a los derechos individuales ni contrapesos constitucionales fuertes, emergen costos externos que recaen sobre las minorías, destruyendo los incentivos a la inversión y a la creación de riqueza.

Este análisis, aunque abstracto, se vuelve poderoso cuando se lo aplica a hegemonías políticas concretas que han invocado el “interés del pueblo” para justificar la expansión del poder estatal sobre la propiedad privada.

Denise Dresser -cuya obra comentamos en este Blog 15 años atrás- explica el caso de México 


3. Expropiaciones disfrazadas de soberanía: el caso latinoamericano

Bajo la lente de Buchanan-Tullock, los ejemplos del chavismo venezolano, el castrismo cubano y el kirchnerismo argentino ilustran cómo la combinación de lógica política y ausencia de contrapesos sólidos conduce a la captura de rentas en lugar de a la protección del interés público.

🇨🇺 Cuba: soberanía absoluta y pobreza extrema

Desde 1959, el régimen cubano disolvió el dominio de la propiedad privada sobre tierra, capital y medios de producción en nombre de la revolución socialista. Lo que en el discurso oficial se llamó “recuperación de la soberanía”, en términos de Public Choice implica una privatización de la renta por la cúpula gobernante, sin mecanismos constitucionales que mitiguen los incentivos extractivos del poder.
El resultado social es estremecedor: estudios independientes reflejan que más del 80 % de las familias viven en condiciones de pobreza extrema, con ingresos reales equivalentes a umbrales mínimos de subsistencia, lo que sugiere la imposibilidad de agregación de bienestar individual dentro de las decisiones colectivas impuestas autoritariamente. (OCDH, Report #8).

🇦🇷 Argentina: la expropiación de YPF y el chantaje de lo “estratégico”

En Argentina, la expropiación del 51 % de YPF en 2012 se vendió como defensa del interés público y recuperación del control del sector energético. Sin embargo, no solo desincentivó la inversión productiva, sino que derivó en demandas internacionales y sentencias por miles de millones de dólares a accionistas minoritarios por la forma en que se vulneraron derechos contractuales y estatutarios.
Casi paradójicamente, un gobierno que denunciaba a los “fondos buitre” terminó obligado por tribunales extranjeros a pagar compensaciones por expropiación arbitraria, lo que revela hasta qué punto la lógica de captura de rentas puede revertirse contra el propio Estado que la promueve.

🇻🇪 Venezuela: PDVSA y la consumación de la captura

La historia reciente de PDVSA bajo el chavismo es una demostración de cómo un recurso estratégicamente fundamental se transforma en un instrumento de captación de renta política. La extracción de ingresos petroleros fue acompañada por redes clientelares, corrupción interna y desvío de fondos hacia grupos afines, sumiendo a la economía en una hiperinflación insostenible y hundiendo a la sociedad en medidas de austeridad que se disfrazaron de justicia social.


4. De la teoría a la práctica: fallas del Estado y descentralización de decisiones

Buchanan y Tullock no se conforman con exponer un modelo académico: ofrecen una advertencia normativa para la configuración de instituciones políticas. En su marco, una constitución racional es un contrato social que exige altos umbrales de consenso para decisiones que imponen costos externos severos —una regla que limita la posibilidad de captura de rentas por mayorías momentáneas. (Wikipedia)

Pero cuando el diseño constitucional falla —como ocurre en múltiples repúblicas latinoamericanas con poderes ejecutivo omnipotentes y contrapesos debilitados— entonces:

  • Las mayorías políticas imponen reglas sin unanimidad ni protección de derechos básicos.
  • Los incentivos de los políticos se traducen en expansión discrecional del poder.
  • La acción colectiva degenerativa reemplaza a la cooperación institucional.

5. Una lectura imprescindible en tiempos de polarización política

The Calculus of Consent no es solo una obra técnica; es una llamada a comprender la política como una arena de incentivos, no de armonías ingenuas. Buchanan y Tullock nos enseñan que, si bien el Estado es creado por individuos, no deja de tener incentivos propios que pueden entrar en conflicto con el interés público genuino.

En un tiempo en que gobiernos populistas apelan a la soberanía del pueblo para justificar expropiaciones y estatizaciones —desde Cuba hasta Venezuela y Argentina—, la perspectiva de Public Choice ofrece una herramienta analítica potente: el Estado puede (y suele) fallar tanto como los mercados cuando no hay contrapesos y derechos firmes. (Wikipedia)


Conclusión

Leer The Calculus of Consent es un ejercicio de clarividencia: nos enseña a ver la política sin romanticismos, a comprender que la mayoría no siempre significa justicia, y que la concentración del poder, aun invocando el interés del pueblo, puede llevar a la captura extractiva de rentas en detrimento de la sociedad civil.

En tiempos en que se reescriben constituciones a conveniencia, en que la expropiación se presenta como soberanía y en que las mayorías promovidas por líderes carismáticos reemplazan el imperio de la ley, Buchanan y Tullock nos recuerdan que la libertad y la justicia solo pueden sostenerse sobre reglas que restrinjan, no que expandan, la potestad arbitraria del Estado.


Referencias (APA)

Buchanan, J. M., & Tullock, G. (1962/1999). The Calculus of Consent: Logical Foundations of Constitutional Democracy. Liberty Fund. (Online Library of Liberty)
Teoría de la elección pública. (2025, noviembre). Wikipedia. (Wikipedia)
The Calculus of Consent. (2025, Wikipedia). (Wikipedia)